
Mis amigos me llaman Josu (no con jota… Yosu) aquellos con los que comparto la lluvia de la vida sobre las cosas, los que, aun estando lejos, saben perfectamente a qué hora me gusta tomar el café o el sonido que ha de llevar la luz para arrancar la sonrisa de un libro.
Mis amigos me llaman Josu, tanto en las buenas como en las malas, en los combates que no nos llevaron a la gloria o en las derrotas que nuestros zapatos celebraron al día siguiente. Es más que un traje de los domingos o un peinado para noches de fiesta, es más que una actitud frente a la tormenta que se arroja siempre de puntillas sobre la ventana.
Mis amigos me llaman Josu, aunque saben que el fasto de las pompas y el calor de la memoria se lo llevara otro. Aquel 9 de junio de 1991 yo estaba lejos y dentro de Riazor al mismo tiempo. La caldera de mis piernas temblorosas crepitaba al son de una vieja radio. Un estadio, un partido y un ascenso de más de mil kilómetros de largo.
Desde entonces, mis amigos me llaman Josu, aunque los goles y el trueno de la historia los editara otro. Al final de nuestras vidas solo nos quedará el breve resumen de los instantes que tal vez nunca vivimos, aquellos que dejamos como en segunda fila, en un parking atestado de rostros y de olvidos.
Aquel espigado portero vasco que guardó nuestras mallas con el rugido de veinte mil gargantas… El disparo de los triunfos y los recuerdos se clavó en el pecho de los otros…
Mis amigos me llaman Josu. Perdona que me haya colgado del corazón blanquiazul tu nombre…
Yo sí te recuerdo, y así como soy te llevo.