
Decía mi buen amigo Borges que “…antes las distancias eran mayores, porque el espacio se medía por el tiempo…”. Me hubiese encantado tomarme un mate con el poeta en el Gran Café Tortoni de Buenos Aires, discutiendo estas y otras filosofías amargas de la vida en la terraza que da a la bulliciosa Avenida de Mayo o en el luminoso rincón desde el que se oye romper los plásticos de la muerte a Gardel.
Y me vienes a la mente tú, querido Jorge, con tu pelotón de versos y tu bastón apoyado en la eterna sonrisa del vos y el usted qué toma. Me vienes a la mente con la metralla demasiado perfecta del “…entre mi amor y yo han de levantarse / trescientas noches como trescientas paredes / y el mar será una magia entre nosotros…”. Me vienes, sí, a la mente, y a la ventana, y a la calle a la que me asomo, y a la distancia que me une y me separa “…definitiva, como un mármol…” de tantos y tantos recuerdos.
Permíteme, bonaerense, porteño de patio y aljibe, que hoy derrame tu sombra como una copa de coñac dulce y la cuelgue en esta distancia mía de tres noviembres y mil kilómetros.
Cada dos semanas se da en mi casa el extraño suceso, como tus leyendas, viejo amigo, de un Chapín acurrucado en una habitación de paredes blancas. Allí, como en las puertas del estadio, los nervios traen su billete de ida y vuelta una hora antes del embarque. La bombilla que cuelga del techo late aún en su crujir amarillo las desidias, arrebatos y sinsabores del último partido.
Aquí en la distancia me asigno mi propio asiento. Hoy, como todas las tardes, sean de lluvia, de sol o de versos, hay que empujar el balón hasta ese firmamento que, como tú, argentino, “…estoy viendo y perdiendo…”. No quedará otra, nunca queda. Aun cuando no rujamos, aun cuando abra la puerta con la derrota colgada en el perchero de la solapa…
Cada dos semanas me siento en esta grada vacía de casa, en el Chapín que horas más tarde será estudio, trabajo o lo que le venga en gana. Luego, en “… esas tardes merecidas por la pena / noches esperanzadas de mirarte…” me asomaré a la ventana y el galope anaranjado del atardecer cruzará el espejo de la ría silenciosa.
Ya ves, querido Borges, lo que ha conseguido la distancia. Un Chapín, cada dos semanas, en mi casa… y a los pies del agua…


