jueves, 1 de marzo de 2012

El viejo Domecq, una hora antes de cada partido


A pesar de los años transcurridos, mi padre sigue guardando la honrosa costumbre de llegar al estadio con más de una hora de antelación. Tradición y costumbre que, los que tuvimos la enorme grandeza de vivir los años del viejo Estadio Domecq, comprendemos sin necesidad de sortilegios ni ecuaciones rocambolescas.

Aquel vetusto templo de cemento se encontraba en el centro de Jerez, donde hoy, y años ha, se yergue el complejo urbanístico de Parque Stadium, en recuerdo irónico, porque no lo entiendo de otro modo, de mis años futbolísticos de la infancia.

A pesar de los años transcurridos, los sinsabores deportivos no han encontrado aún el fármaco que me haga desterrar de la memoria aquellos momentos. Una hora antes de cada partido, como si de una muletilla crónica de la vida se tratara, ya me apostaba en la vieja y destartalada puerta de chapa azul de la entrada.

Mi padre apuraba nervios y cigarrillos. Cláxones de sabor azul y blanco comenzaban a asomarse con estrépito en los dedos de la plaza. No importaba si el rival venía desde Ceuta o desde Parla, si nos visitaba el Recre con esa hinchada que, al grito lejano del estadio, parecía corear el nombre de nuestra ciudad, o era el Burgos quien atravesaba media España en un autobús al que hacíamos pasillo con el pie apoyado en el muro exterior de la grada.

La contigua Plaza del Caballo proyectaba un film desordenado. Banderas, gritos, jóvenes con el rostro inmaculado en azul y en blanco, señores de gran mostacho, sombrero verde y un enorme puro en la solapa.

Con las manos en la espalda, apoyado el corazón y el cuerpo en aquella vieja y destartalada puerta de chapa azul de la entrada, yo iba coleccionando en el álbum de la memoria todos aquellos cromos que el imperio de la vida me regalaba.

Y todo gracias a que mi padre, a pesar de los años transcurridos, a pesar de los goles que nunca cantamos ni los títulos que nunca vivimos, guardó siempre consigo la honrosa costumbre de llegar al estadio con esa bendita hora de antelación. Como si así el tiempo nos regalara gratis una hora más en nuestros recuerdos…

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