jueves, 8 de marzo de 2012

Borges, Chapín y la distancia


Decía mi buen amigo Borges que “…antes las distancias eran mayores, porque el espacio se medía por el tiempo…”. Me hubiese encantado tomarme un mate con el poeta en el Gran Café Tortoni de Buenos Aires, discutiendo estas y otras filosofías amargas de la vida en la terraza que da a la bulliciosa Avenida de Mayo o en el luminoso rincón desde el que se oye romper los plásticos de la muerte a Gardel.

Y me vienes a la mente tú, querido Jorge, con tu pelotón de versos y tu bastón apoyado en la eterna sonrisa del vos y el usted qué toma. Me vienes a la mente con la metralla demasiado perfecta del “…entre mi amor y yo han de levantarse / trescientas noches como trescientas paredes / y el mar será una magia entre nosotros…”. Me vienes, sí, a la mente, y a la ventana, y a la calle a la que me asomo, y a la distancia que me une y me separa “…definitiva, como un mármol…” de tantos y tantos recuerdos.

Permíteme, bonaerense, porteño de patio y aljibe, que hoy derrame tu sombra como una copa de coñac dulce y la cuelgue en esta distancia mía de tres noviembres y mil kilómetros.

Cada dos semanas se da en mi casa el extraño suceso, como tus leyendas, viejo amigo, de un Chapín acurrucado en una habitación de paredes blancas. Allí, como en las puertas del estadio, los nervios traen su billete de ida y vuelta una hora antes del embarque. La bombilla que cuelga del techo late aún en su crujir amarillo las desidias, arrebatos y sinsabores del último partido.

Aquí en la distancia me asigno mi propio asiento. Hoy, como todas las tardes, sean de lluvia, de sol o de versos, hay que empujar el balón hasta ese firmamento que, como tú, argentino, “…estoy viendo y perdiendo…”. No quedará otra, nunca queda. Aun cuando no rujamos, aun cuando abra la puerta con la derrota colgada en el perchero de la solapa…

Cada dos semanas me siento en esta grada vacía de casa, en el Chapín que horas más tarde será estudio, trabajo o lo que le venga en gana. Luego, en “… esas tardes merecidas por la pena / noches esperanzadas de mirarte…” me asomaré a la ventana y el galope anaranjado del atardecer cruzará el espejo de la ría silenciosa.

Ya ves, querido Borges, lo que ha conseguido la distancia. Un Chapín, cada dos semanas, en mi casa… y a los pies del agua…

lunes, 5 de marzo de 2012

Arsenio Iglesias, entre libros y fútbol



“… y hasta fuimos a fallar un penalti, cuando no había ni tiempo ni para respirar”


Arsenio Iglesias es de Arteixo. Apenas le bastan un saludo y un leve apretón de manos para adelantarlo como primicia. Viste elegante, a juego con las canas y el sol que traquetea como una locomotora de juguete sobre las Galerías de la Marina. Su voz tiene ya ese rasgueo de los años y los atardeceres, un toque musical y sabio en el que acomoda las palabras.

El humo del café serpentea bajo el paraguas de una conversación que se inicia en el recuerdo del último libro. Arsenio sonríe al conocer que hemos compartido durante años el bohemio oficio de los libreros. “La mirada perdida y huidiza te delataba. Soy un comisario de la literatura”. A ambos nos gusta que este encuentro de café y fútbol se haya convertido en un intercambio de lecturas y sorbos de melancolía.

“Los libros no son lo que uno espera. El viejo librero lo sabe, por eso más que libros vende historias diferentes, recuerdos, leyendas. Un libro son miles de libros, cada uno distinto en el corazón de quien los lea”

El tintineo de la cucharilla del café acompasa el gusto y la memoria del Sabio de Arteixo. Mueve las manos, gesticulando con cada golpe de timbal en el acento. En los ojos vidriosos auguro la certeza de aquel que domina el susurro y la voz como parte de un juego premeditado. Mientras, A Coruña gira alrededor como un tiovivo de cristal.

Aquel último libro le sirve de afluente para llegar al río del fútbol. Riazor, A Coruña, Granada, Oviedo, Alicante… La melodía que fluye de la catarata de sus recuerdos irrumpe en la banda sonora del mediodía. Arsenio levanta los brazos con cada gesto, sonríe, evoca, se adentra en un combate en el que el tiempo se declara invencible e irrecuperable.

Son los años de viejos ascensos que emergían como islotes blanquiazules ante el faro de Maratón, años de calcetines rojos en Alicante, regresos, abrazos, goles que nunca llegaron… Una entrañable serpentina de nostalgia se agarra de las palabras.

Es una montaña rusa que inicia el descenso vertiginoso hasta el límite exacto de una sibilina noche de mayo. La voz de Arsenio se contrae, como el viejo acordeón que trepa en busca de su última nota. Algo cruje a madera rota en el armario de ropa elegante de su memoria. Las palabras van desacelerando, empapadas de la lluvia casi gris con la que el tiempo decora los romances sin beso y las derrotas.

“Mucho que decir y poco que contar…yo creo que estaría escrito así…nos faltó marcar un gol…”

Arsenio pedía calma desde el banquillo. A Coruña dejaba de ser por unos segundos una delicada dama decimonónica de cristal para convertirse en el rugido fiero de un pelotón de historia. Las primeras lágrimas habían dado marcha atrás y regresaban aturdidas aún por la carretera de las mejillas.

Detenido o no, el tiempo desenvainó la espada de los recuerdos a once metros de la gloria. Querer y no poder, como si de un antiguo oficio se tratara. Luchar y morir en pleno desembarco de la añoranza, a pocos segundos del horizonte. Saltar al vacío, quedarse prendido en las hojas de la cobardía y los miedos. Emociones, sentimientos, toda una batalla casi ilegible a orillas de un corazón que reventaba Deportivo, Deportivo en el pecho.

“…yo siento una gran tristeza por esas gentes de la calle que yo veía todos los días. Los lunes, los martes, esa gente mayor, esos niños que tenían una ilusión tan tremenda, y que yo pensaba que podríamos desilusionarlos porque podía pasar esto… porque ya no es la primera vez que me pasa, o que le pasa a las gentes… y ha pasado… hasta fuimos a fallar un penalti cuando no había ni tiempo ni para respirar… Tuvo que darse todo así”

Un silencio de pirámide y rascacielo rasga en dos el ejército del tiempo. Apenas un par de segundos, un cauce seco. Arsenio toma entre sus dedos agrietados la pequeña taza de café como si acabara de encontrar un viejo mapa del tesoro. Allí, prendido aún del ocre lago caliente que se retuerce en humo, encuentra la estación de tren necesaria para huir de la mordedura de los recuerdos.

“¿Porqué no seguimos hablando mejor de libros?”…

jueves, 1 de marzo de 2012

El viejo Domecq, una hora antes de cada partido


A pesar de los años transcurridos, mi padre sigue guardando la honrosa costumbre de llegar al estadio con más de una hora de antelación. Tradición y costumbre que, los que tuvimos la enorme grandeza de vivir los años del viejo Estadio Domecq, comprendemos sin necesidad de sortilegios ni ecuaciones rocambolescas.

Aquel vetusto templo de cemento se encontraba en el centro de Jerez, donde hoy, y años ha, se yergue el complejo urbanístico de Parque Stadium, en recuerdo irónico, porque no lo entiendo de otro modo, de mis años futbolísticos de la infancia.

A pesar de los años transcurridos, los sinsabores deportivos no han encontrado aún el fármaco que me haga desterrar de la memoria aquellos momentos. Una hora antes de cada partido, como si de una muletilla crónica de la vida se tratara, ya me apostaba en la vieja y destartalada puerta de chapa azul de la entrada.

Mi padre apuraba nervios y cigarrillos. Cláxones de sabor azul y blanco comenzaban a asomarse con estrépito en los dedos de la plaza. No importaba si el rival venía desde Ceuta o desde Parla, si nos visitaba el Recre con esa hinchada que, al grito lejano del estadio, parecía corear el nombre de nuestra ciudad, o era el Burgos quien atravesaba media España en un autobús al que hacíamos pasillo con el pie apoyado en el muro exterior de la grada.

La contigua Plaza del Caballo proyectaba un film desordenado. Banderas, gritos, jóvenes con el rostro inmaculado en azul y en blanco, señores de gran mostacho, sombrero verde y un enorme puro en la solapa.

Con las manos en la espalda, apoyado el corazón y el cuerpo en aquella vieja y destartalada puerta de chapa azul de la entrada, yo iba coleccionando en el álbum de la memoria todos aquellos cromos que el imperio de la vida me regalaba.

Y todo gracias a que mi padre, a pesar de los años transcurridos, a pesar de los goles que nunca cantamos ni los títulos que nunca vivimos, guardó siempre consigo la honrosa costumbre de llegar al estadio con esa bendita hora de antelación. Como si así el tiempo nos regalara gratis una hora más en nuestros recuerdos…

sábado, 25 de febrero de 2012

Mis amigos me llaman Josu


Mis amigos me llaman Josu (no con jota… Yosu) aquellos con los que comparto la lluvia de la vida sobre las cosas, los que, aun estando lejos, saben perfectamente a qué hora me gusta tomar el café o el sonido que ha de llevar la luz para arrancar la sonrisa de un libro.

Mis amigos me llaman Josu, tanto en las buenas como en las malas, en los combates que no nos llevaron a la gloria o en las derrotas que nuestros zapatos celebraron al día siguiente. Es más que un traje de los domingos o un peinado para noches de fiesta, es más que una actitud frente a la tormenta que se arroja siempre de puntillas sobre la ventana.

Mis amigos me llaman Josu, aunque saben que el fasto de las pompas y el calor de la memoria se lo llevara otro. Aquel 9 de junio de 1991 yo estaba lejos y dentro de Riazor al mismo tiempo. La caldera de mis piernas temblorosas crepitaba al son de una vieja radio. Un estadio, un partido y un ascenso de más de mil kilómetros de largo.

Desde entonces, mis amigos me llaman Josu, aunque los goles y el trueno de la historia los editara otro. Al final de nuestras vidas solo nos quedará el breve resumen de los instantes que tal vez nunca vivimos, aquellos que dejamos como en segunda fila, en un parking atestado de rostros y de olvidos.

Aquel espigado portero vasco que guardó nuestras mallas con el rugido de veinte mil gargantas… El disparo de los triunfos y los recuerdos se clavó en el pecho de los otros…

Mis amigos me llaman Josu. Perdona que me haya colgado del corazón blanquiazul tu nombre…

Yo sí te recuerdo, y así como soy te llevo.